Todos sabemos lo difícil que puede ser salir al Mundo de los emprendedores con ilusión, trabajar duro día tras día, creyendo en un proyecto personal y apostar por él, pero para lo que nadie nos prepara, es para el momento en el que ese proyecto tiene que terminar, no ha salido bien y se tiene que terminar.
En el Despacho, nos hemos encontrado con diferentes tipos de emprendedores, tantos como tipos de personas, pero la norma común suele ser, que muchos de ellos no saben identificar el momento en el que decir “hasta aquí”.
Sí, han sido muchos años de horas y horas de trabajo, reuniones infinitas, cambios de estrategia, implementar una y otra vez modelos de trabajo en función de las necesidades del proyecto, idas y venidas de personas que colaboran en el mismo, muchas alegrías y también penas, y cómo no, que todo ese trabajo, la mayoría de las veces, ni siquiera ha tenido una retribución acorde a lo que se ha empleado.
Uno se suele dejar el alma en su proyecto, así que, llegado el momento, la mente suele ir a 200 km/hora, se piensan mil alternativas, se busca financiación externa de última hora, intentar convencer a inversores externos de que tu proyecto lo vale, y seguramente sea así, pero, a veces, nada de ello es suficiente.
En el Despacho estamos acostumbrados a escuchar historias personales y empresariales. Porque un abogado en estos momentos debe ser mucho más que abogado, debe acompañar a su cliente, entender por lo que está pasando y hacerle el proceso lo menos traumático posible. Esa es mi máxima, compartir esa “carga” y que el cliente pueda confiar y respirar tranquilo.
